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Carney expone, Tucídides aconseja, Trump actúa y Milei mira

Por Martín Granovsky
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El premier liberal canadiense, estrella mundial. El porqué de su reivindicación de las potencias intermedias. La razón por la que citó a Tucídides, el historiador de la guerra del Peloponeso leído hasta hoy como un gran teórico de las relaciones internacionales. El ejemplo de Atenas, el imperio que se sobrepasó y fue derrotado. La decadencia de los imperios, etapa peligrosa, como lo muestran la intervención en Venezuela y la legitimación inmobiliaria del genocidio en Gaza.

Mundo raro. La estrella de la semana internacional es un primer ministro de Canadá que llegó por el Partido Liberal y pronunció en Davos un discurso que, sin nombrar a Donald Trump, lo desafió. Más raro aún: el señor ganó las elecciones con un CV que muestra su experiencia como jefe del banco central de Canadá y gobernador del banco central inglés. De populista, nada, como puede apreciarse en el mensaje de Mark Carney que puede leerse completo en español aquí. Carney habló de un orden que se termina y resaltó el papel de las que llamó “potencias medias”. Canadá, naturalmente, figura entre ellas. También dos países latinoamericanos cuyos gobiernos no son del gusto de Javier Milei, México y Brasil. El diario inglés The Guardian analizó el discurso y descubrió un punto interesante. Al revés de la rutina imperante, que sólo se lamenta por el supuesto paraíso perdido, Carney estuvo pragmático y no evidenció ningún sentimiento nostálgico. It is what it is, diría Robert de Niro en El Irlandés.

Mientras Su Excelencia anunciaba que “Maquiavelo ha muerto”, frase que analiza en esta edición Jorge Landaburu, Carney citó a Tucídides, el general griego que pasó a la historia como el primer pensador realista de las relaciones internacionales. “Los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias”, fue la forma elegida por Carney de recordar al genial griego.

Y siguió de esta manera:
*”Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como una lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma”.
*”Ante esta constatación, los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice seguridad”.
*”No es así”.

Quienes leyeron La guerra del Peloponeso de Tucídides, y sobre todo el Diálogo de los melios, saben que, tal como dijo Carney, el aforismo de Tucídides suele ser presentado como inevitable. Sin embargo, Tucídides no escribió un elogio del cinismo ni del futuro como algo dado e inevitable. Inauguró una metodología para analizar el equilibrio de poder y la relación internacional de fuerzas tal cual son, en primer lugar. Pero en segundo lugar su pensamiento no puede ser reducido a las cosas son como son y no hay nada que hacer, sino que son como son y hay alternativas a ensayar. También en ese punto Carney coincide con el análisis que hacía Tucídides de la inconciencia que representó la invasión de Sicilia por parte de Atenas, en cabeza de Alcibíades. No hacía falta. Era una movida gratuita. Y cuando un poder imperial repite movidas gratuitas se desgaste, interna y externamente. En palabras de Carney: “Las potencias hegemónicas no pueden sacar provecho indefinidamente de sus relaciones”.

Según el canadiense que lee a los griegos, al revés del argentino que presenta a un Maquiavelo misterioso y caricaturizado, “los aliados buscarán diversificarse para hacer frente a la incertidumbre”. Añadió en el discurso de Davos: “Multiplicarán sus opciones. Y eso les permitirá reafirmar su soberanía, antes basada en normas, pero cada vez se basará más en su capacidad para resistir a las influencias externas”. Es cuestión de “autonomía estratégica y protección de soberanía”.

Claro que hay detalles a tener en cuenta:

Un detalle es que Carney habló en Davos luego de una reunión con el presidente chino Xi Jinping que fue descripta como muy productiva a largo plazo.

Otro detalle es que Canadá queda justo al norte de los Estados Unidos y, como México, su economía está entreverada con los dos vecinos de América del norte. Sobre todo con el grandote.

Los Estados Unidos exportan casi 800 mil millones de dólares a Canadá y México, e importan bienes por 975 mil millones de dólares. O sea que un tercio de las exportaciones estadounidenses van hacia México y Canadá.

No es sólo comercio. Los tres países están integrados productivamente. En la industria automotriz, por ejemplo, esto incluye las autopartes, el aluminio y el acero. Se trata de un total de 16 millones de unidades que surgen de esa cadena de valor que funciona como un lego.

También hay una fuerte relación en el comercio de productos primarios. El 60 por ciento de las exportaciones agrícolas de Canadá se dirige a los Estados Unidos. El 57 por ciento de las importaciones agrícolas vienen de los Estados Unidos.

México representa una magnitud más grande. Es el principal destino de las exportaciones estadounidenses en el mundo. Por eso la presidenta Claudia Sheinbaum, que confronta de manera implícita, reivindicando sus propias políticas y sin nombrar las palabras “Donald” y “Trump”, sostiene con intensidad cada vez mayor desde que su colega norteamericano empezó la guerra de los aranceles que los principales perjudicados serán los empresarios estadounidenses. El volumen impresiona. Entre octubre de 2024 y junio de 2025, el comercio entre los Estados Unidos y México representó 640 mil millones de dólares.

La guerra del Peloponeso se libró entre el 431 y el 404 antes de nuestra era. Atenas, potencia marítima, lideraba la Liga de Delos, en combate contra la Liga del Peloponeso piloteada por Esparta, potencia terrestre. La política de Atenas ante terceros países suena conocida: el que no está conmigo está en contra mía.

Melos era una pequeña isla del mar Egeo que se declaró neutral en la guerra. Nunca hostigó a Atenas y sus dirigentes pensaban que Atenas debía respetarlos. Pero el razonamiento de la élite ateniense también suena familiar. Se basó en que si Melos se ganaba el derecho a ser neutral, otras ciudades podían imitarla. Los atenienses decían que no era una cuestión de justicia, sino de poder. Y en esos términos, Melos debería rendirse. Valdría, entonces, lo que Greg Grandin llamó en una edición anterior de Y ahora qué? “Efecto demostración”. Se refería Grandin al secuestro de Nicolás Maduro y la intervención militar en Venezuela, primera intervención militar abierta en la historia de las relaciones entre Washington y Sudamérica. Atenas sitió Melos, mató a todos los adultos varones y esclavizó a las mujeres y a los niños y niñas.

Después, como relata Tucídides, Atenas se engolosinó y lanzó la expedición a Sicilia. Perdió su flota. Perdió hombres. Y Esparta la terminó derrotando en el 404 antes de nuestra era.

Es cierto que Carney no habló de la “extracción” de Maduro y la coerción de los Estados Unidos sobre el gobierno venezolano a cargo de Delcy Rodríguez. Pero es difícil no ligar su discurso a ese efecto demostración producido el 3 de enero, sólo 17 días antes de su discurso en Davos. La mayoría de los países europeos, en tanto, venía justificando incluso la necesidad de un cambio de régimen impuesto desde afuera en Venezuela.

Al revés de los europeos, de paso, el Partido Liberal de Canadá reivindica prácticas socialdemócratas de Welfare State, por ejemplo en salud, educación y migraciones, que los partidos socialistas europeos, cada vez más neoliberales tras la caída de la Unión Soviética en 1991, fueron abandonando en favor de un thatcherismo soft. Y a veces no tan soft.

Tal vez ese combo explique por qué, sin pronunciar la palabra “boicot”, buena parte de la clase media canadiense esté dejando de comprar productos Made in USA. Y la clase media acomodada hasta planea vender sus departamentos en Miami o Arizona, destinos dorados para gente que vive buena parte del año en el frío extremo. Como se vio por las cifras, es improbable que el boicot mueva la aguja del comercio bilateral. Pero como observó Tucídides en la guerra del Peloponeso, las posiciones simbólicas dejan de ser simbólicas cuando aparece la crisis de un imperio.

Sería frívolo, a la vez, decretar el fin del poder imperial estadounidense. Es posible que a largo plazo Washington esté decayendo frente a Beijing, y aun es una chance plausible que medidas como la intervención en Venezuela sean un signo decadencia y no de poderío. Una señal de descontrol en el patio trasero. Pero nadie puede predecir los tiempos y no tiene sentido repetir, como hacía antes la izquierda clásica antes cada cataclismo económico mundial, que ya se estaba por venir “la crisis general y última del capitalismo”.

Lo que para otras naciones puede ser un símbolo, para América del Sur es un ataque liso y llano. Concreto. Palpable. Y una amenaza directa a la estabilidad del México de Sheinbaum y al Brasil de Lula, que como cuenta Sergio Kiernan se prepara para otro mandato.

El exhibicionismo imperial supera el marco de los discursos.

La prueba más clara es la presentación obscena de Jared Kushner, el yerno y negociador de Trump, sobre cómo convertir la franja de Gaza en Dubai.

Vale la pena ver el video.

Un nuevo Dubai que estaría repleto de construcciones al estilo Mar-a-Lago, el club privado de Palm Beach que fue legado para ser residencia presidencial de invierno y fue comprada por Trump en 1985.

Que Trump es un outsider resulta una simplificación para bobos. El origen de su poder económico personal surgió de los grandes emprendimientos con los poderosos desarrolladores inmobiliarios de Nueva York.

La presentación de Kushner suena a algo así: “Estimado Benjamin Netanyahu, termine usted con el genocidio y déjenos un desierto, que allí haremos buenos negocios”.

Allí está el núcleo geopolítico del alineamiento pregonado y practicado por Su Excelencia. Ni Maquiavelo ni Tucídides: la Thatcher del hundimiento del Belgrano.

Fuente:  Y ahora qué?