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«Trumpismo social y democracia bloqueada»

Por Facundo Ruiz Fragola
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El intento de Golpe de Estado en Brasil tiene un carácter simbólico muy fuerte. Se busca derribar el nuevo edificio político, social y cultural que intenta construir Lula, pero también se busca condicionar la legitimidad de las decisiones del poder político. No está en juego solo un gobierno, sino la integridad del sistema democrático.

Este intento de debilitar la fortaleza de un gobierno elegido en las urnas tiene sustento en un fenómeno que venimos denunciado hace muchos años: el trumpismo social, que no es otra cosa que una cultura de la cancelación permanente, un sistema impugnatorio con gran capacidad identitaria que apela a fantasmas, miedos, frustraciones y tensiones que existen en el medio social que las democracias liberales no han podido resolver.

El problema no es Trump ni Bolsonaro. Ese trumpismo existía antes que Trump y muestra gran capacidad de subsistencia sin Trump. Lo que han hecho estos personajes es darle cuerpo a un conjunto de ideas reaccionarias y fascistas que se apoyan en un bloque de poder con patas económicas (golpes de mercado, financiamiento de grupos semiterroristas), militar, policial (con sistemas de inteligencia con alto poder de maniobra), judicial (lawfare y mafias judiciales) y finalmente mediático (periodistas que ponen en tela de juicio la autoridad política a través de operaciones y falsas noticias y que además oponen como válida cualquier manifestación de tinte neofascista). Además, es un sistema global, y por lo tanto estas redes nefastas están en todo el mundo, se han internacionalizado de tal manera que no obedecen a fenómenos puramente locales.

En esta suerte de empate catastrófico, como denominaría García Linera, es decir un sistema impugnatorio y antihegemónico, de bloqueo permanente a las instituciones y las herramientas democráticas que hemos diseñado durante tantos años, configurado por un sistema integrado por jueces, periodistas, grupos de poder económico, entre otros, no hay lugar para el diálogo, el consenso o la construcción de soluciones pacíficas del conflicto político y social.

Una cuestión clave: esto no lo puede frenar un gobierno determinado o un político determinado, aunque en el caso de Brasil se trate de un personaje de la envergadura de Lula. Se hace imprescindible tejer redes a nivel regional, sea a través de las instituciones regionales, determinados portadores de cierta legitimidad, gobiernos y políticos, que busquen regenerar la confianza en las decisiones que se toman en las urnas y se ejercen a través de las instituciones democráticas. Es tiempo de decir basta a los agrupamientos políticos de corte neofascista como Vox (España), Amanecer Dorado (Grecia), Chega (Portugal), La Lega (Italia) y domésticamente, los libertarios de Milei y simpatizantes de Bullrich, entre otros. Estamos a tiempo de poner punto final a estas “aventuras” de ciertos delirantes antes que sea tarde.

Democracia para siempre.