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La economía del delirio: cuando las cifras reemplazan a la verdad

Por Alejandro Olmos Gaona.
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En diciembre de 2023, la deuda pública total ascendía a 370.664 millones de dólares. Lejos de reducirse, y aun luego de haberse pagado miles de millones en intereses y amortizaciones, a diciembre del año siguiente la deuda alcanza al 30 de diciembre los 455.067 millones de dólares. Es un ejemplo de cómo el gobierno comunica e impone para ejercer su poder.

El presidente Milei no gobierna sólo con decretos y ajustes: gobierna, sobre todo, con palabras, teorías desacreditadas, y un lenguaje violento de acusación permanente a los que disienten con sus políticas. Pero en particular también se expresa con números. Números grandilocuentes, desmesurados, muchas veces imposibles de verificar, y en otros casos directamente falsos. En su repetitivo discurso, la cifra no informa: intimida. No explica: impone. No describe la realidad: la reemplaza por un relato épico donde él aparece como el único dique que evita el apocalipsis, y a ello se suma la cantidad de obsecuentes de su gobierno que repiten sus desmesuras y falsedades, como si fueran la verdad revelada.

Un ejemplo emblemático fue la afirmación reiterada de que, de no haber asumido él, la Argentina habría sufrido una inflación del 17.000 por ciento. No existe en la historia económica argentina —ni en los escenarios proyectados por organismos oficiales o privados— una estimación mínimamente seria que sostenga semejante cifra. No es un error técnico: es una exageración grotesca, lanzada para generar pánico retrospectivo y justificar cualquier sacrificio presente. El mensaje implícito era claro: todo lo malo es preferible al infierno que yo evité.  Curiosamente, esa cifra  extrema es la misma que utilizó José Alfredo Martinez de Hoz, cuando asumió el Ministerio de Economía y mostró la situación que vivía la Argentina.

Lo mismo ocurre con la afirmación de que su gobierno realizó “diez mil reformas estructurales”. La cifra no sólo carece de respaldo documental, sino que vacía de sentido el propio concepto de reforma estructural. Una reforma estructural no es una resolución administrativa, ni un cambio de organigrama, ni un tuit presidencial. Presentar miles de reformas inexistentes como un logro histórico es una forma de mistificación: convertir el marketing en política pública. Aunque a él nada le importa, porque sabe que su estrepitoso mensaje es repetido por las redes que manejan sus funcionarios y los periodistas que le responden.

No es ideología, son datos

Otra contradicción flagrante aparece en el tema de la deuda pública. Mientras Milei afirma en discursos y entrevistas que la deuda “está bajando”, los propios informes oficiales del Ministerio de Economía muestran lo contrario: la deuda total aumenta, ya sea por capitalización de intereses, por nuevos compromisos o por el impacto de la devaluación sobre la deuda en moneda extranjera.

No se trata de una discusión ideológica, sino de datos producidos por el mismo Estado que el Presidente dice haber ordenado. Aquí la mentira no es una interpretación: es una negación de los números propios. En diciembre de 2023, la deuda pública total ascendía a 370.664 millones de dólares. Lejos de reducirse, y aun luego de haberse pagado miles de millones en intereses y amortizaciones, a diciembre del año siguiente la deuda alcanza al 30 de diciembre los 455.067 millones de dólares. Es decir, un incremento neto de magnitud significativa bajo una administración que afirma haber iniciado un proceso de “ordenamiento” y “desendeudamiento”. Que fácilmente puede ser refutado con las cifras que se encuentran consignadas en la página web de Economía.

Los datos oficiales muestran que sólo en noviembre la deuda aumentó 3.784 millones de dólares, y en diciembre se incrementó en 9.070 millones, lo que desmiente de manera categórica el relato presidencial según el cual la deuda estaría bajando. La composición de ese aumento también es reveladora: la deuda en moneda extranjera creció en USD 10.865 millones. El 42 por ciento de la deuda en situación de pago normal es pagadero en moneda local mientras que, el 58 por ciento restante, se paga en moneda extranjera, y a pesar de los pagos de deuda que se han efectuado, la misma sigue creciendo, aunque esta realidad para el Presidente no existe, como tampoco para el ministro Caputo, que insiste que bajó.  

¿Y los intereses devengados?

Pero aun así estas cifras no reflejan plenamente la carga real que se está acumulando. El gobierno omite sistemáticamente informar el volumen de intereses devengados de las letras y títulos de corto plazo que emite de manera recurrente para sostener el esquema financiero. Esos intereses, aunque todavía no pagados, constituyen deuda efectiva: compromisos ciertos que deberán afrontarse en el futuro y que agravan el perfil de vencimientos. Se trata de una forma de endeudamiento diferido, invisibilizado en el discurso oficial pero plenamente real en términos fiscales, que habrá que pagar, aunque se lo disimule.

Debe recordarse, además, que en la última refinanciación de pasivos se reemplazó deuda que devengaba tasas cercanas al 1 por ciento anual por nueva deuda con tasas de alrededor del 7,5 por ciento, lo que implica un encarecimiento sustancial del costo financiero del Estado. Lejos de “sanear” las cuentas públicas, esta decisión incrementó estructuralmente el peso de los intereses en el presupuesto futuro.

No eliminan el déficit, lo patean

A estas cifras que consignamos, se suma un dato particularmente grave: durante el año anterior, el ministro de Economía Luis Caputo emitió deuda en moneda local con tasas que llegaron hasta el 65 por ciento anual. Estas emisiones, presentadas como instrumentos para absorber pesos y evitar presiones inflacionarias, constituyen en los hechos una bomba de intereses que se capitaliza mes a mes. No se elimina el déficit: se lo patea hacia adelante, transformándolo en una carga financiera creciente que compromete la sostenibilidad fiscal, que tanto se quiere preservar.

Así, mientras el discurso oficial celebra un supuesto ajuste virtuoso y una caída de la deuda, los números reales muestran lo contrario: más deuda, más intereses, mayor dependencia del financiamiento caro y opaco, y una contabilidad que omite deliberadamente los pasivos que se están gestando. No se trata de una diferencia de interpretación ideológica, sino de una contradicción objetiva entre el relato y los propios datos del Estado. La verdad es simple y contundente: la deuda no baja. Se transforma, se encarece y se disimula. Y toda deuda que se oculta hoy, se paga mañana, lo que viene ocurriendo desde siempre.

La pedagogía de la brutalidad

Esta forma de comunicar no es casual. Milei no debate cifras: las usa como armas retóricas. Donde hay complejidad, impone shock. Donde hay matices, grita absolutos. Donde hay estadísticas, inventa magnitudes imposibles. Es una pedagogía de la brutalidad: repetir números enormes para que nadie se anime a discutirlos.

El problema no es sólo que Milei mienta. El problema es que naturaliza la mentira como método de gobierno. Cuando el presidente dice cualquier cosa, y lo dice con convicción, el daño no es únicamente económico: es institucional, cultural, democrático. Se erosiona la idea misma de verdad pública, de información verificable, de rendición de cuentas. Los números del presidente nunca coinciden con las fuentes oficiales, que salvo los economistas nadie consulta.

Un país no se reconstruye con cifras falsas ni con relatos apocalípticos. Se gobierna con datos verificables, con honestidad intelectual y con un mínimo respeto por la inteligencia de la sociedad. Cuando el poder necesita mentir para justificarse, no exhibe fortaleza ni convicción: exhibe debilidad, improvisación y miedo a la verdad.

Una forma de ejercer el poder

La distorsión sistemática de los números no es una anécdota retórica ni un exceso de campaña trasladado al gobierno. Es una forma de ejercer el poder. Es el intento de sustituir la realidad por un discurso único, donde toda evidencia que contradice al relato oficial es descalificada, negada o directamente invisibilizada. Allí donde los hechos no encajan, se inventan cifras; donde los datos incomodan, se grita ideología.

Cuando la mentira se vuelve método, deja de ser un error corregible y se transforma en un proyecto político: el proyecto de convencer a la sociedad de que no existe otra realidad posible más que la enunciada desde el poder. Un proyecto que pretende naturalizar el engaño, anestesiar el pensamiento crítico y reducir la democracia a una puesta en escena donde la palabra presidencial reemplaza a los hechos.

Pero la realidad no se deroga con discursos ni se disciplina con números falsos. Tarde o temprano, los datos emergen, las consecuencias aparecen y las mentiras se pagan. Y cuando eso ocurre, el costo no lo asume quien mintió desde el poder, sino una sociedad entera que fue deliberadamente engañada en nombre de un relato que se desmorona frente a la verdad.

Fuente: Y ahora qué?