Donald Trump cumple su fantasía autárquica, condena a varios países al hambre y le sirve el centro en bandeja a los chinos.
Ni Liechstenstein, con sus 40.000 habitantes y una exitosa fábrica de instrumentos para dentistas, zafó. El 37 por ciento en impuestos a la importación que le dedicó Donald Trump este miércoles puso a más de uno a buscar ese paisito en el mapa. Y puso a más de uno a calcular de dónde sacaron el número 37 en el gabinete. ¿No era que iban a calcular las barreras para-arancelarias de cada enemigo de la libertad?
La derecha en funciones, por lo menos de este lado del charco, parece tener serios problemas de disciplina de trabajo y de control de calidad. Nuestro Javier Milei rebota en redes una caricatura israelí donde aparece recibiendo un premio de Trump, un premio con forma de Africa, y son horas hasta que alguien se da cuenta y lo baja. Jair Bolsonaro llama a un acto para pedir su amnistía y redacta la proclama tan mal que le abren una causa penal por llamar a la violencia. Trump anuncia su Independencia Económica pero no puede explicar por qué cada uno recibió los aranceles que recibió… y todavía no puede.
Algunos economistas que además son buenos en Sudoku encontraron la fórmula, que era dividir el intercambio comercial por el déficit en la balanza comercial con ese país, y dividir el resultado por dos “para ser buenos”. Cierra, porque calcular realmente qué barreras y trucos usa una entidad grandota como la Unión Europea en cada rubro es mucho laburo, y ni hablar de factorear cosas como la especulación con el tipo de cambio del yuan. Trump quería su anuncio ahora, no el año que viene, y quería entender el número, no que se lo explique un doctorando.
Con lo que el mundo acaba de cambiar completamente, tal es el poder económico de Estados Unidos, y podemos dar por terminada la globalización, bien guardada entre las cosas viejas del desván. Esto tiene algo de sentido y bastante de crueldad, porque ponerle un arancel del 49 por ciento a Camboya es condenarla al hambre, lo mismo que a Bangladesh, que vive de las fábricas de tela y talleres de corte de multinacionales diversas y ahora es punida.
Lo que exhibe la gran trampa de todo ese circo, el de culpar a países y no a los gerentes que armaron el sistema. Uno puede enojarse con los alemanes por el precio de un BMW, tenga razón en el enojo o no, porque un BMW es un auto alemán. Uno puede sospechar de la baratura de un panel solar chino y ver con alarma que en cada película de este planeta los actores usan el mismo vaso que el comprado en Coto. Pero la camisa de Gap y las calzas de Nike hechas en Camboya no son culpa de Camboya sino de los norteamericanos que andan por el mundo buscando mano de obra esclava y “refugios” fiscales para evitar posibles sanciones a China. Vietnam, que acaba de fumarse un 46 por ciento de tarifa, se industrializó con esa verona de ofrecer un Plan B contra la bronca antichina. Evidentemente, Trump y los suyos quieren cerrar esa ruta de escape, aunque le cueste la economía al Sudeste Asiático.
En ninguno de los altisonantes discursos de Trump y sus minions se va a escuchar que la globalización es norteamericana, creada en Washington en reuniones entre funcionarios y empresarios, y espectacularmente rentable para Estados Unidos. El Donald despotricó contra los malos actores y hasta mostró la edad recordando que “antes” los productos duraban más y no se rompían enseguida. Nadie le apuntó que la obsolescencia programada es un invento norteamericano y una manera de privilegiar el precio sobre la calidad. En su momento, hasta el demócrata Bill Clinton defendió que la industria emigrara, que los obreros de su país lavaran vidrios o sirvieran hamburguesas, a cambio de productos de consumo baratísimos. El Donald acaba de profetizar que las fábricas van a correr de vuelta a su país, crear empleos bien pagos y estables, y todo el mundo va a tener un Corvette, como en las películas de antaño.
La realidad es que si todo le saliera perfecto al presidente, tomaría años. Años para construir las fábricas, años para crear las redes de proveedores locales, años para conseguir la mano de obra especializada sin traer inmigrantes. Desindustrializar un país del tamaño de Estados Unidos, que llegó a anclar el 22 por ciento de su PBI en las fábricas, tomó décadas. Levantarlo del pálido 8 por ciento actual va a tomar lo mismo, si es posible hacerlo. Lo inmediato es que la dureza contra los inmigrantes, el ataque financiero a las universidades que hacen investigación de punta, la proliferación de conspiracionistas en el poder y el constante ataque a las libertades personales dan un panorama grisáceo. Si toda novedad es sospechosa, el desarrollo busca soles más amistosos.
Si China se da cuenta de que es su chance de ser global, no va a necesitar más competir con Estados Unidos. Pero es difícil pensar en un gobierno chino abierto al mundo, más seguro de sí mismo, polisémico y cómodo con el nivel de caos que implica ser el centro de todo. Este viernes, Pekín se limitó a ponerle a los productos norteamericanos exactamente la misma tarifa de importación que recibieron los suyos de Washington.
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Por supuesto, los mercados financieros cayeron al son de “moriremos, todos moriremos” y los capitales huyeron al oro. Esto no tiene mayor importancia en el orden general de las cosas, porque los mercados siempre reaccionan así para facturar con el miedo ajeno, pero mientras, subieron los riesgos país del pobrerío internacional y andá a conseguir un préstamo.
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La buena noticia es la semana decente que tuvieron los demócratas, deprimidos por perderle a Trump tan fuerte. Esta semana ganaron una elección en la corte suprema de Wisconsin, estado en el que los ciudadanos eligen a sus supremos entre jueces federales calificados. El “inmigrante ilegal» Elon Musk puso millones para elegir un conservador, pero el candidato progre ganó por diez puntos. Más importante, llamó la atención la cantidad de demócratas que se molestaron en ir a votar, el eterno problema en un país desmovilizado.
Y el senador por Nueva Jersey Cory Booker, un mulato alto y de cabeza afeitada al que le gusta sonreír, hizo un gesto de alto valor simbólico: como escuchó tanto rezongo de que “los demócratas no hacen nada”, pidió la palabra y habló 25 horas y cinco minutos ante sus colegas. Los demócratas organizaron turnos para escucharlo y alentarlo, haciéndole preguntas cuando lo veían decaer, y centenares de miles de personas lo siguieron por las redes. El tema fue el desastre que está causando Trump.
Una mejor: el tour Combatir a la Oligarquía del senador Bernie Sanders junta cada vez más gente. Es un deleite ver tanto “zurdo” ejerciendo en todos los rincones del país. Sanders, socialista democrático, remacha con una gran verdad, que lo de las tarifas es punir a los inocentes y crear nuevos negocios para los globalizadores, que están por recibir un mega corte en sus impuestos. Se calcula que se van a ahorrar cuatro trillones -millones de millones- en diez años, que ahora van a “necesitar” para invertir.
Hay que ver cómo termina este año que arranca con este terremoto. Va a haber inflación en Estados Unidos, algo que Trump prometió una y otra vez que no iba a ocurrir. La economía concreta, la de almacén y verdulería, la de ropa y calzado, se va a encarecer en proporción a las tarifas. Por ejemplo, los genios del gabinete se acordaron de eximir los microchips de alta performance que produce Taiwán -y dejaron fuera a Rusia, ya que estamos- pero no se acordaron del café y de los ya escasos y caros huevos. Hay que ver el malhumor de un yankee a la hora del desayuno, sin sus huevos y su tazón de café…
Lo mismo ocurre con los vinos, con tu bodeguero avisando que hagas stock porque no sabés qué va a pasar. Un señor que llamó a una popular radio de Nueva York explicó que su máquina expreso se rompió hace tiempo y no pudo cambiarla por las primeras tarifas trumpianas, entonces la mandó a arreglar. Y ahora, con las nuevas tarifas, pensaba que no sólo iba a poder a cambiar la máquina, sino que ni siquiera iba a haber repuestos. Un destello de lógica argentina.
Varios bloques comerciales del mundo están recuperándose de la sorpresa y preparando contramedidas. BMW avisó que simplemente va a pasarle el tema a los importadores en EEUU, que se arreglen. Europa se decidió a sancionar a Musk vía una multa de 1000 millones de dólares a X.
Fuente yahoraque.com
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