Central Córdoba pasó de tocar el cielo con las manos a arrastrarse por la cornisa. Lo que hace apenas un año era orgullo, carácter y hazaña —con el inolvidable “Maracanazo” y una campaña que lo puso en la vidriera continental— hoy es desconcierto, impotencia y papelón.
El contraste es brutal. Mismo presupuesto, realidades opuestas. Antes, un equipo competitivo, con identidad y hambre. Hoy, un rejunte sin alma, con futbolistas que no están a la altura de la Primera División y decisiones que rozan lo inexplicable.
Y en el centro de la escena aparece un nombre propio: José Pablo Burtovoy. El ex arquero, hoy manager, quedó bajo la lupa por un mercado de pases flojo, un armado del plantel que no dio la talla y una elección de cuerpo técnico que nunca logró enderezar el rumbo. Lo que se construyó con esfuerzo se desarmó con una facilidad alarmante.
Como si fuera poco, la crisis dejó de ser solo futbolística para convertirse en institucional. La renuncia del presidente José Alfano y del vice Paz Trotta es la confirmación de un club que perdió el norte. Ya no se trata solo de resultados: se trata de conducción, de proyecto, de rumbo.
Central Córdoba hoy no pelea el descenso, pero eso es apenas un dato frío. La realidad está en la cancha: un equipo sin respuestas, sin rebeldía, sin identidad. Un equipo que, a un año de haber hecho historia, hoy da lástima.
La pregunta es inevitable: ¿cómo se destruye tan rápido lo que tanto costó construir? En Santiago del Estero, por ahora, nadie tiene la respuesta. O peor aún: algunos la tienen, pero prefieren mirar para otro lado.

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