Hablar de la industria audiovisual es adentrarnos en un apasionante mundo en donde confluyen aspectos económicos, históricos, culturales, sociales, y políticos, entre otros. Porqué en diferentes países existe una industria audiovisual más aceitada que en otros también requiere de una pericia en el análisis global de la situación. Para comenzar a desmenuzar esta cuestión es necesario aclarar que la instauración de una industria es una decisión política. Estados Unidos entendió esto de manera inmediata cuando en la primera década del siglo pasado observó que el avance de la propaganda aplicada para el futuro consumo pasaría por allí. Vislumbraron que lo audiovisual traccionaría el entretenimiento, y mediante él, y su aparente inocencia, instaurarían la cultura norteamericana en todos los demás países del mundo. Ese fue su plan por lo menos. Luego esto se cumpliría en mayor o menor medida en los diferentes continentes y estados de acuerdo a la permeabilidad cultural de cada uno de ellos.
White y Anderson en su texto “El arma de celuloide” analizan estas implicancias del plan norteamericano de masificar e instaurar su cultura en todo el globo. En su texto analizan el cine bélico producido en Hollywood y su penetración cultural y la imagen que crea en los espectadores del planeta. La conclusión a la que arriban los autores es que no es tanto el poderío real sino que está acentuado y subrayado en la psiquis de todos los habitantes del planeta mediante las ficciones que consumimos desde pequeños provenientes del país del norte. Siempre los ejércitos más fuertes, mejores armados, defensores a ultranza de los buenos valores y las libertades son los norteamericanos. Los malos, los débiles y los vencidos son los ejércitos de los países a los cuales Estados Unidos pretende “operar” política y económicamente. De esta manera el séptimo arte es utilizado por el estado yanqui para hacer una efectiva propaganda de poderío militar a nivel mundial. A la par con una inteligente propuesta impositiva existente en los EEUU en donde la película que muestre en pantalla la bandera norteamericana y los símbolos patrios se le exime en un gran porcentaje los impuestos. Es por ello que en casi todos los filmes estadounidenses vemos su bandera. Quizás no porque sean tan patriotas, sino porque al hacerlo las producciones audiovisuales pagan menos impuestos.
Todo esto planteado hasta aquí fue propiciado por la pasividad de los países europeos que para comienzos del siglo XX estaban bastante ocupados en aniquilarse entre ellos en ambas Guerras Mundiales. Cuando se dieron cuenta del poderío que estaba adquiriendo Estados Unidos en materia de avance cultural y político mediante el cine ya estaban casi cuatro décadas retrasados. Europa en el advenimiento del cine coqueteó con el arte, creyendo que el cine pasaría a ser una manifestación cultural propicia para llevar a la pantalla grande adaptaciones de las grandes obras literarias universales. El público del cine, que para ese entonces, la mayoría era analfabeto y con ansias de diversión producto de los desastres de las dos guerras mundiales, no simpatizó con la propuesta culta de Europa sino más bien con el cine de comedia de gags, producido desde los Estados Unidos. Rápidamente Charles Chaplin, Buster Keaton, Laurel y Hardy y los cowboys coparían las salas de cine de todo el mundo.
Cuando los europeos se dieron cuenta que el público del cine quería entretenerse en su gran mayoría para aquellos años, ya fue tarde. La maquinaria Hollywoodense estaba a todo vapor. Se producían miles de películas anuales y eran comercializadas por canales de distribución perfectamente aceitados para su consumo global. De esta manera la industria del entretenimiento en los Estados Unidos es la segunda en ingresos económicos actualmente. Se convirtió en un pulpo gigante con tentáculos que llegan a casi todos los rincones del mundo. Cada butaca de cualquier sala de cine en la mayoría de los países del planeta es propiedad de holdings de capitales norteamericanos. Esto ocurre en parte porque muchos países no defienden su cuota de pantalla, que sería proyectar filmes que sean del país en donde están situadas las salas. El Estado más crítico y cuidadoso de su cultura es la India. Producen en “Bollyhood” más películas que en Hollywood. Los habitantes de ese país son defensores de su cultura y consumen su propuesta cinematográfica. Los hindúes aman su cine. Y cuidan su cuota de pantalla a rajatabla. Quizás es por ello que las películas norteamericanas no penetraron culturalmente en ese país como en la gran mayoría de los demás del planeta. En los EEUU de cada diez salas de cine, una sola proyecta un filme de otra nacionalidad. En casi todo el resto de los países del mundo de cada diez salas, en nueve se proyecta cine norteamericano y en una sola alguna película local o de otra cinematografía mundial.
En estas escuetas líneas quizás estén algunas respuestas de porque hablamos en nuestra cotidianeidad de películas norteamericanas y tan poco de otro cine. Quizás nuestra tarea sea empezar a dar prioridad como consumidores a otro tipo de propuestas y hacer un tamiz para poder entender más y mejor por qué suceden las cosas mediante el estudio, el análisis, y ejercicio de pensarnos en nuestros hábitos de consumos culturales.

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