Gestar un bebé durante 40 semanas (que es más que 9 meses), con las complicaciones físicas, mentales y emocionales que eso significa. El trabajo de parto y parir. Dar la teta con el cuerpo roto, y dormir de a fragmentos, o no dormir. Ambos, mamá y bebé en pañales. Cargarlo todo el día en brazos porque no hay otra opción, y si la hay sentir la culpa del abandono y el dolor de la distancia. Bañarse rápido y pidiendo permiso, si se puede. Y sino pasar días enteros sin peinarse, sin cambiarse la ropa, o sin una ducha caliente. Comer cualquier cosa, comer el plato frío, comer de a ratos, o comer sobras. Calmar un llanto que no cesa, los cólicos, las primeras fiebres, las angustias de la existencia. Sostener un berrinche en el medio del agotamiento manteniendo la firmeza y la ternura en mismas proporciones. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre. Levantarse de madrugada una, dos, cinco, siete veces. Llevar y traer a la escuela, llevar y traer al club. Recordar horarios, mochilas, cuadernos, vacunas, nombres, turnos médicos. Sentarse a hacer la tarea, el trabajo práctico, las manualidades cuando el cuerpo ya no responde al cansancio y la cabeza pide pausa. Ir a reuniones, actos escolares, preparar disfraces, ensayar el discurso, coordinar en el grupo de “mamis” quién compra, quién lleva, quién paga. Hacer cuentas. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre. Pensar la comida todos los días, buscar ofertas para alimentar y nutrir, hacer rendir lo que no alcanza, sostener la economía doméstica en tiempos de bolsillo flaco. Lavar, planchar, ordenar, buscar, volver a empezar, siempre todos los días. Nada de pantallas porque eso es de «mala madre». Nada de ultraprocesados, golosinas, o porquerías, porque eso es de “mala madre”. Estar disponible física y emocionalmente: contener, escuchar, explicar, educar, poner límites, aunque una esté enferma, agotada, triste, devastada. Perderse de las amistades, alejarse de lo que una era, abandonar actividades placenteras o recreativas, excluirse o ser excluidas, escindirse del propio cuerpo y del ritmo vertiginoso del mundo que sigue sin nosotras. Siempre sonreír, no quejarse porque vos elegiste ser madre.
Paradójicamente, en el marco de la Semana Mundial de la Salud Mental Materna, lo que vuelve a ponerse en cuestión es eso que queda a la sombra. Porque si las acciones anteriores intentan nombrar una parte de lo superficial del trabajo de cuidados, es decir lo que puede enumerarse en listas o medirse horas, existe otra dimensión que opera en paralelo y es del orden de lo intransferible: la carga mental. Algo así como un estado permanente de alerta cognitiva y emocional que implica anticipar necesidades, reaccionar al instante y encontrar soluciones a las urgencias, administrar tiempos, sostener la organización invisible del hogar, de los vínculos y los recursos, sin que exista un momento en que ese proceso se suspenda, ni siquiera durante el sueño, ni siquiera durante la enfermedad. Las madres no tenemos licencias de la carga mental y eso trae consecuencias mensurables sobre la salud: según la OMS al menos una de cada cinco mujeres atraviesa algún problema de salud mental durante el embarazo o el primer año posparto, y se estima que entre el 50% y el 75% de las depresiones no son diagnosticadas ni tratadas. Detrás de ese número hay mujeres que siguen funcionando hacia afuera, cumpliendo con todo, sonriendo, pero con un costo emocional que el sistema no registra porque tampoco registra lo que lo genera.
Por Fabiana Solano para El Destape

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