Se cumplen 20 años de la desaparición de Jorge Julio López, el albañil y militante que había sido secuestrado y torturado durante la última dictadura militar, y cuya histórica declaración en 2006 resultó fundamental para condenar a prisión perpetua al exrepresor Miguel Etchecolatz en el primer juicio por delitos de lesa humanidad tras la anulación de las leyes de impunidad.
López desapareció el 18 de septiembre de 2006, un día antes de que se leyera la sentencia de aquel juicio histórico, cuando salió de su casa rumbo al tribunal y nunca llegó. Desde entonces, la causa transitó por múltiples obstáculos investigativos, cambios de fuero —de la justicia provincial a la federal— y un sinfín de hipótesis sin que la justicia lograra esclarecer qué ocurrió con su paradero ni dar con los responsables materiales e intelectuales de su desaparición forzada.
Sobrevivientes e integrantes de organismos de derechos humanos, como Margarita Cruz (de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos – AEDD), han señalado que detrás de este hecho hubo un claro intento de disciplinamiento: “Intentaron callar la voz de los sobrevivientes”, advierten al cumplirse dos décadas de impunidad.
A lo largo de los años, el expediente se nutrió de millones de cruces de llamadas, rastrillajes cuestionados y líneas de investigación que se diluyeron, dejando en evidencia las falencias iniciales de las fuerzas de seguridad y de los primeros tramos de la instrucción judicial. Si bien la desaparición de López impulsó posteriormente la creación y el fortalecimiento de programas específicos de protección a testigos para garantizar declaraciones seguras, la falta de certezas sobre su destino continúa representando una herida abierta y una deuda ineludible de la democracia.

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