Por Martin Aguirre
Al igual que una piedra que cae en un estanque, la política exterior de un Estado debe prestar atención a los círculos más próximos. Por eso los países limítrofes adquieren una relevancia que trasciende cualquier valoración subjetiva. Un vecino, independientemente de su tamaño o desarrollo, es un interlocutor permanente, el primero en sentir nuestras crisis y el primero en impactar nuestra estabilidad. La proximidad puede convertir un problema nimio en un conflicto enquistado, o puede dar origen a alianzas estratégicas duraderas.
La razón de esta prioridad es práctica y contundente: la frontera es un espacio de interdependencia inevitable. La seguridad nacional, los flujos migratorios, el comercio, los recursos hídricos compartidos y los lazos familiares crean una realidad bilateral que no admite pausas. Mientras que la relación con una potencia lejana puede ser estratégica, la relación con el país vecino es, ante todo, existencial. Gestionar correctamente ese primer círculo es la base sobre la cual se puede construir proyección internacional creíble.
El diagnóstico de una ceguera histórica
Sin embargo, la inserción periférica de la Argentina orientó históricamente su mirada hacia las áreas centrales del sistema-mundo. Esta obsesión por el horizonte de las potencias produjo una ceguera sistemática respecto de nuestro entorno inmediato, generando una paradoja profunda: cuanto más nos proyectábamos hacia el centro, más nos alejábamos de quienes compartían nuestro espacio, atrofiando así nuestro potencial regional.1
Esta dinámica surgía de la confluencia de dos fuerzas: por un lado, la deriva espontánea de unas naciones periféricas hacia su mutuo aislamiento; por el otro, la acción deliberada de los centros de poder para fomentar rivalidades entre ellas, profundizando así su dependencia y bloqueando cualquier respuesta autónoma y conjunta.
A esta primera divergencia estructural se suma una segunda falla, que afecta especialmente a nuestra dirigencia política: la tentación de condicionar la profundidad de las relaciones bilaterales al grado de sintonía ideológica con los gobiernos vecinos.
La afinidad política, sin duda, allana el camino. Sin embargo, la solidez de los vínculos con este primer círculo no puede quedar rehén de ella, por razones de peso. La geografía nos impone una relación perpetua; compartimos problemas y oportunidades que no entienden de ideologías.
Además, atar vínculos estratégicos a los vaivenes electorales es condenarlos a la inestabilidad, pues la realidad nos muestra que las afinidades globales son transitorias. Finalmente, si existen divergencias más determinantes (en modelos productivos o desarrollo), pretender resolver la relación desde la sintonía política es solo poner un parche sobre una falla estructural.2
Construir una política de Estado hacia nuestros vecinos implica, por el contrario, reconocer estas realidades de fondo y gestionarlas con inteligencia y continuidad. Significa entender que la solidez del primer círculo favorece una inserción internacional autónoma. Es, en suma, pasar de la afinidad circunstancial a la construcción sostenida del espacio común.
La prueba de los hechos: el Mercosur como síntoma
Las importantes iniciativas que intentaron romper con estas dinámicas y realidades mediante acciones de acercamiento entre Argentina y nuestros países limítrofes3 fueron objeto de disrupción y perdieron parte de su potencia precisamente porque no lograron sortear los dos escollos señalados: ni la inercia de la inserción periférica de cada país, ni la tentación de supeditar el proceso a las sintonías ideológicas de turno.4
El Mercosur, concebido como una herramienta de integración profunda, terminó atrapado en esa doble tenaza y se fue degradando incluso en su visión comercialista. Por un lado, cada país miembro mantenía su mirada puesta en sus propias relaciones con los centros de poder extra-regionales, lo que restaba energía y compromiso al proyecto común.
Por otro lado, la dinámica del bloque quedó secuestrada por los ciclos políticos domésticos, avanzando cuando había coincidencias ideológicas y paralizándose —o retrocediendo— cuando estas desaparecían. Lejos de ser una excepción a la regla, el Mercosur se convirtió en la confirmación de que, sin una visión estratégica que trascienda ambos problemas, cualquier intento de integración regional corre serios riesgos de estancarse.
Un panorama que vuelve todo más urgente
Si el diagnóstico de esta ceguera histórica y sus consecuencias ya era grave de por sí, el escenario internacional actual lo vuelve insostenible. Vivimos un momento histórico de alta complejidad. No se trata solo de una crisis económica cíclica o de un conflicto puntual. Hablamos de múltiples variables no resueltas que se superponen: guerras y acciones patibularias en curso, disputas de potencias y áreas de influencia (EE. UU. versus China, la UE queriendo terciar frente a ambos), disrupción tecnológica, auge de la financiarización, reorganización de las cadenas de producción, corrientes migratorias impulsadas por la violencia y la miseria, o un cambio climático que ya no es una predicción sino una realidad cotidiana.
En este escenario, se hace difícil predecir con certeza qué ocurrirá en los próximos años. Las reglas del juego global que rigieron desde 1945 están siendo cuestionadas con el objetivo de reescribirlas, y no para bien hasta el momento. Nadie esta exento, pero los países que no tengan bases firmes ven multiplicadas las probabilidades de ser arrastrados por estas tendencias.
La síntesis estratégica: un escudo doble
El primer mandato es afianzar el proyecto nacional, única herramienta para modular los efectos de un exterior que no controlamos. Implica potenciar un sistema productivo impulsado por ventajas dinámicas —por razones sociales, económicas y de soberanía— y contar con un Estado técnicamente capaz de sostener el rumbo con objetivos y plazos claros, sin perder flexibilidad para sortear obstáculos.
Esa base interna es el requisito para proyectarse al mundo con fortaleza. Y esa proyección continúa por nuestro entorno. La segunda prioridad es, entonces, asegurar el frente regional: que nuestros vecinos sean puntales de la estrategia nacional, no brechas. Para eso, integración física, desarrollar el intercambio comercial, avanzar en la cooperación científica y productiva y en posiciones comunes frente al mundo.
Ambos frentes se potencian. El proyecto nacional permite vincularnos desde un proceso de acumulación; unas relaciones regionales maduras actúan como amortiguador ante turbulencias globales y potencian al primero. Cuando el mundo es incierto, la certeza se construye puertas adentro y con nuestros pares. Pero esa base interna y regional no es un punto de llegada, sino una base sólida para proyectarnos con solvencia al resto del escenario global.
Y no podemos terminar estas notas sin volver a los orígenes, porque antes de que nuestros caminos se dividieran, restando fuerza a la defensa de intereses comunes, Juana Azurduy, María Remedios del Valle, Micaela Bastidas, Macacha Güemes, Manuela Sáenz y Javiera Carrera José de San Martín, Bernardo O’Higgins, José Gervasio Artigas, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Mariano Moreno, Francisco de Miranda, entre tantas otras y otros, tuvieron siempre la visión clara de la lucha compartida.

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