“Y la Palabra se hizo carne,
puso su tienda entre nosotros,
y hemos visto su Gloria:
la Gloria que recibe del Padre el Hijo único,
en Él todo era don amoroso y verdad.” (Jn. 1,14)
Llegamos a esta Navidad en tiempos no fáciles para nuestra Patria y provincia de Santiago del Estero,
donde compartimos el dolor de muchos hermanos y hermanas por pérdidas de seres queridos y
cercanos, situaciones de sufrimiento, padecimiento por enfermedades, falta de trabajo y
oportunidades de desarrollo; privación y carencia de bienes y servicios esenciales, etc. La pobreza
crece y afecta principalmente a niños y niñas; el consumo problemático de sustancias acorrala a
numerosos adolescentes y jóvenes; los adultos mayores, jubilados y jubiladas, no son atendidos
adecuadamente…
Pero en medio de todo ello, de tantas fragilidades, incertidumbres y violencias, volvemos a recibir y a
anunciar el mensaje: el Dios de la Vida, Verdad y Amor, quiso encarnarse asumiendo la naturaleza
humana. Para salvar a la humanidad, nació en Belén de María santísima Jesús, nuestro Redentor, el
Salvador del mundo. Él camina con su pueblo, desde abajo y desde adentro de nuestra historia quiere
manifestarnos la cercanía y ternura del “Dios-con-nosotros”. En este tiempo nos centramos y
contemplamos a Jesús “envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc. 2,12) y en Él recibimos la
sonrisa y la caricia de Dios.
Acoger y abrazar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios es asumir su estilo para nuestras vidas,
para las relaciones que entretejemos, en los espacios donde habitamos y en los puestos que
ocupamos. Su estilo es cuidar la vida, promover vida para una sociedad más humana, entregar la vida
por los demás. Navidad nos invita a valorar toda vida, en especial la de los niños, enfermos, ancianos.
Por ello Navidad es fiesta de la Vida, de la paz y de la alegría, de la familia y de la comunidad.
En el pesebre pongamos nuestra mirada en el Niño Dios, que nuestro corazón reciba su mensaje: “Yo
he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud “(Jn. 10,10). Nos decía el Papa Francisco: “El
corazón del pesebre comienza a palpitar cuando colocamos la imagen de Dios, presente en un niño
que quiere ser recibido en nuestros brazos. En la fragilidad se esconde su poder que todo lo
transforma. En Jesús, Dios se hace niño y así revela la grandeza de su amor”.
Seamos testigos de la esperanza que late en la debilidad y fragilidad del Niño necesitado de todo y de
todos, dejémonos conmover en las entrañas por la ternura y atención que se manifiestan en la Virgen
María y San José, aprendamos a descubrir la verdad y la bondad que brotan en lo simple y sencillo que
genera comunión.
Proclamamos en cada Navidad que Dios en Jesús asume la pobreza, se pone del lado de los menos
considerados y apreciados, de los últimos y postergados. Es Aquel que se mete en nuestra humanidad
y desde lo más bajo nos eleva y transforma compartiéndolo todo, nos participa de su plenitud de
gracia porque antes ha participado totalmente de nuestras miserias, precariedades e impotencias.
Este misterio nos interpela a no ser indiferentes y a la solidaridad con los pobres de nuestras
comunidades, para recoger las luchas y los anhelos de cuanto promueve dignidad, humanidad y
fraternidad. También damos gracias por tantas personas, vecinas de nosotros y que, desde hace
tiempo, se hacen presentes con su cercanía y compromiso de servicio para acompañar y asistir a los
más necesitados.
La Navidad nos impulsa a atravesar las tinieblas del egoísmo y de los desencuentros, de la corrupción y
de la mentira, de las injusticias e inequidad. Si le abrimos el corazón al Señor nos convertimos en hijos
e hijas de Dios, en hermanos y hermanas de Jesús, y en Él de toda la humanidad. Abrirse a la luz para
todo cristiano es un compromiso y una responsabilidad que nace de la unión con Jesús y de la
comunión con los demás.
“La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no pudieron ahogarla” (Jn. 1,4-5). Que la luz de Belén nos
inunde, experimentemos que nuestras vidas se llenan de nuevo resplandor, de entusiasmo por vivir y
servir, de valor y coraje para no resignarnos a que las cosas pueden ser nuevas, de esperanza y de
sentido para seguir caminando hacia un mañana promisorio. Ciertamente si nos dejamos traspasar por
el misterio luminoso de la Navidad seremos enriquecidos como personas y como sociedad.
Como pastores de la Iglesia, que peregrina en tierras santiagueñas, los invitamos a caminar juntos en
el espíritu de sinodalidad, comunión-participación-misión, que hemos comenzado a redescubrir en
este último tiempo y que va impregnando todo nuestro ser y quehacer eclesial con nuevo sabor a
Evangelio y perfume a Reino de Dios.
¡Feliz Navidad! Reciban nuestra bendición, la paz de Jesucristo descienda en sus corazones y los
acompañe a lo largo de todo el 2023 y que sea un año fecundo para todos.
Mons. Vicente BOKALIC, CM Mons. Enrique MARTÍNEZ OSSOLA Mons. José Luis CORRAL, SVD
Obispo de Santiago del Estero Obispo Auxiliar de Santiago del Estero Obispo de Añatuya

Más historias
[Audio] Mariano Parnás: “La inflación desacelera, pero todavía estamos lejos de una tendencia que permita hablar de estabilidad”
El FBI calificó de «alto riesgo» la semifinal entre Argentina e Inglaterra y habrá un operativo inédito
Diego Santilli delegó en un hombre de su confianza el manejo de los fondos para las provincias