La derrota de Central Córdoba por 5 a 0 ante Estudiantes no fue solo una caída más: fue nada más ni nada menos que la cruda realidad que expuso todas las falencias de un equipo sin identidad, sin reacción y sin rumbo.
A pesar del golpe, Lucas Pusineri seguirá siendo el entrenador del Ferroviario, una decisión difícil de sostener desde lo futbolístico. El equipo no solo pierde, sino que juega mal.
Ubicado en el puesto 11 con 12 puntos (3 victorias, 3 empates y 5 derrotas), el presente de Central parece maquillado por resultados aislados que poco tienen que ver con un funcionamiento real. De hecho, los triunfos llegaron más por errores rivales, rebotes fortuitos o apariciones individuales como las de Michael Santos que por mérito colectivo.
El problema de fondo es claro: un equipo excesivamente conservador, que sale a jugar todos los partidos con una línea de cinco defensores y una mentalidad mezquina. Lejos de darle solidez, ese planteo lo volvió previsible, frágil y sin peso ofensivo.
La goleada sufrida no hace más que confirmar lo que ya se veía venir: Central Córdoba es un equipo tímido, que reacciona tarde y que no encuentra respuestas dentro del campo.
La continuidad del entrenador abre interrogantes. ¿Hasta cuándo se sostendrá un proceso que no muestra evolución? ¿Qué más tiene que pasar para que haya un cambio en lo futbolístico?
Por ahora, las respuestas no aparecen. El funcionamiento tampoco.

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